Sri Lanka: cuando la sabiduría abraza la naturaleza

Estamos sentados en la arena de la playa de Nilaveli. Sopla una suave brisa. El mar azota su intranquila calma con olas que rompen el silencio cortado por su propio aliento. Es de noche, la luna llena ilumina con su sombra blanca el agua que durante el día es cristalina. Nadie ha venido aquí para verla, ni una sola alma perdida, ni una sola sombra dormida. Estamos solos, ella y nosotros. Hoy este satélite abrazado a la tierra será protagonista, tendrá su eclipse lunar. Y dentro de tres días, volverá a ser de nuevo
noticia, se conmemorará el 50 aniversario de la llegada del primer ser humano que puso sus pies en ella. Entonces me levanto, y le digo a mi mujer que se acerque a la orilla del mar, que alce sus brazos y que con sus manos coja la luna y la abrace hasta su pecho, y la deposite en su corazón. Es la luna, sí, pero estamos en Sri Lanka…

Recuerdo que cuando escogimos este destino, más bien de una forma azarosa, leí que Sri Lanka era la perla del Índico, la lágrima de la India y un tesoro escondido bajo la piel del continente más extenso y poblado de la Tierra. Después de poco más de dos semanas, creo que Sri Lanka es mucho más que todo esto, porque es un lugar donde la sabiduría ha abrazado la naturaleza, a pesar de tener una historia con algunos episodios tristes que han dejado una huella indeleble en las raíces más profundas del Sri Maha
Bodhi, el árbol más antiguo plantado por el hombre, que con sus hermosas hojas, en forma de corazón, se ha convertido en todo un símbolo del budismo.

Sri Lanka ha sufrido en los últimos 500 años: la colonización portuguesa, neerlandesa e inglesa; 26 años de guerra civil y étnica entre cingaleses y tamiles (1983-2009); el tsunami del 26 de diciembre de 2004 que se cobró 35.522 víctimas, 21.411 heridos y 516.150 individuos desplazados (según cifras oficiales); y el reciente atentado perpetrado por “Estado Islámico” del 21 de abril de 2019 que se cobró la vida de al menos 259 personas y dejó más de 500 heridos. Y desgraciadamente esta es la realidad que no podemos ignorar cuando viajamos a Sri Lanka, un país que a pesar de todo, te acaba enamorando y emocionando a la vez. Y sin duda, sus hospitalarias gentes, su espectacular naturaleza, las huellas de un pasado esplendoroso y Guía Lanka Tours, de la mano de Vajira De Silva, son en parte, responsables de ello…

Normalmente los viajes suelen ser un conjunto de emociones, sensaciones y vivencias que acaban fotografiando cada uno de los recuerdos que te llevas de ese destino. Durante ese camino que recorremos para conocer un país, dejamos a nuestro paso, un trocito de nosotros, y a cambio, nos llevamos un momento que tejerá nuestra memoria en forma de recuerdo.

Sin duda, y como antropólogo que soy, el momento más intenso que viví fue cuando estuvimos con la tribu Yakkha perteneciente a la etnia de los Veddahs, «el pueblo, protector o moradores de la jungla o el bosque». Son descendientes directos de pueblos cazadores que habitaron aquí hace más de 40.000 años, apenas han tenido contacto con el hombre blanco y actualmente son entre 2.800 y 3.000 individuos. Conocer a uno de los jefes de la tribu, aprender a encender el fuego por fricción o simplemente interactuarcon ellos, fue realmente una experiencia muy enriquecedora. Al igual que visitar el pueblo “escondido” del Valle de Knuckles, donde su población cingalesa vive en un estado armónico seccionado entre la tradición y la modernidad.

Una de las mayores atracciones turísticas del país lo constituye el denominado «Triangulo cultural», y que lo forman nada más y nada menos que cinco Patrimonios de la Humanidad de la UNESCO (Sri Lanka tiene ocho en total), concentrados en un espacio geográfico relativamente pequeño: la ciudad sagrada de Kandy, el Templo de Oro de Dambulla, las ciudades de Anuradhapura y Polonnaruwa y la Fortaleza de Sigiriya.

La mayor atracción de Kandy es sin duda el Sri Dalada Maligawa: el Templo Sagrado que guarda la Reliquia (diente de buda) y que en verano, durante el Festival Esala Perahera, la exhiben a lomos de un elefante. Por su parte, el Templo de Oro de Dambulla me pareció un cóctel de emociones que superaron mis expectativas y que me hicieron caer en la embriaguez de una belleza absoluta. Las pinturas grabadas en las paredes y las 153 estatuas de Buda que se encuentran en el interior de esta gran cueva de diferentes compartimentos son una auténtica maravilla.

Polonnaruwa y Anuradhapura, ambas, antiguas capitales de Sri Lanka y dos de las ciudades más grandes del mundo antiguo, me causaron una gran impresión, no solo por su grandeza y esplendor sino por el simple hecho de imaginarme que entre estas dos ciudades vivieron, hace más de 1.500 años, casi un millón y medio de personas. Se decía incluso que en el espacio que separa Anuradhapura de Polonnaruwa y que es de 80 km, había tantas casas que un gallo podía ir de tejado en tejado sin tocar el suelo.

Y que decir de la extraordinaria Fortaleza de Sigiriya, construida en 11 años sobre una mole de piedra de 350 m y flanqueada antiguamente por una cabeza de León con sus garras. Si consigues vencer el vertiginoso ascenso, tendrás una visión magnífica de este antiguo asentamiento y unas vistas que te cortarán el aliento, si aún te queda.

Los momentos quizás más emocionantes de pleno contacto con la naturaleza nos los dio el leopardo del Parque Nacional de Yala, los elefantes de Minneriya, el precipicio del Fin del Mundo en Horton Plains, y el muy turístico pero no por eso menos atractivo recorrido en tren desde Ella hasta Nanu Oya, donde las plantaciones de té, quizá el producto más famoso de Sri Lanka pero el que menos dinero da, se confunden en medio de un paisaje sublime y angosto.

Una de las más agradables sorpresas fue visitar el desconocido templo de
Kaludiyapokuna, situado cerca de Mihinthale, donde se encuentra el Parque Nacional más antiguo del mundo, con 2.300 años de antigüedad. Es de eso lugares que la paz y la tranquilidad, solo pueden darte paso a la contemplación y a la meditación más reflexiva. Aquí cualquier palabra llora en silencio.

Y si tuviera que quedarme con un solo recuerdo de este viaje, sin duda escogería lo que es para mí el mayor tesoro que tiene Sri Lanka, sus hospitalarias y entrañables gentes que a pesar de su tormentoso pasado, todavía emanan esperanza a través de sus sonrisas. Porque este país me ha enamorado, me ha encantado y me ha robado el corazón.

Siddharta Gautama, también conocido como Buda, encontró el universo sagrado en su interior. Y en este lugar es donde ahora reside el recuerdo de un país que me invitó a contemplar, silenciar y meditar sobre la esencia del ser humano en su estado más puro, y en su momento más frágil.

Bohoma Istuh-tee, ¡Muchas gracias Sri Lanka! Bohoma Istuh-tee, ¡Muchas gracias amigo Vajira y Guía Lanka Tours por habernos guiado y organizado este viaje que ha sido una auténtica experiencia de vida!

Francesc Bailón Trueba. Es antropólogo especializado en culturas árticas, aventuero, escritor, explorador polar, profesor universitario y viajero. Colaborador del Museo Etnológico y de Culturas del Mundo de Barcelona. Asesor cultural del Teatro Nacional de Cataluña en la obra Groenlàndia (2013) dirigida por Jordi Faura y ha colaborado como asesor de cultura inuit en la película Nadie quiere la noche (2015), dirigida por la cineasta Isabel Coixet. Igualmente ha trabajado en el documental La sonrisa del Sol (2015), dirigido por Guille Cascante. También ha protagonizado, junto con la actriz
Leticia Dolera, el documental Deshielo (2018) de la serie Atlánticas dirigido por Guillermo García López y Pedro González Kühn. Es guía de la agencia X-plore, Servicio de expediciones en viajes culturales a Canadá, Groenlandia, Mongolia y Siberia y guía antropológico de la agencia de viajes Tarannà. Es colaborador de National Geographic y participa en algunos programas en diferentes medios de comunicación como TVE, TV3, Antena 3, Catalunya Ràdio, Cadena Ser, Cadena Cope, Radio Euskadi o RNE.
Página web: http://www.antropologiainuit.com/

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